lunes, 4 de enero de 2016

Dios no ha muerto.


Dios ha muerto.

Por mentiras más pequeñas me metí en varios problemas. Dios no ha muerto. Dios está ahí. Es uno y es muchos, y está aquí en cada esquina. Lo veo a diario. En los sinsentidos de piedra donde la gente se acerca cada domingo o cuando lo necesita para elevar plegaria. Está ahí también cuando al margen de cualquier razón, sirve como justificación para todo acto de bondad humana que pueda emanar de mí, de ti, de nosotros como raza.

Es probablemente una de las cosas más molestas de estos días contemporáneos; ver y oír niñatos que apenas han aprendido a leer un par de líneas repetir a Nietzsche como silbido de camotero. En fin, cada que los oigo saliendo de sus salones de clase como si el conocimiento se regalara del tal modo que fuera suyo apenas segundos después de recibirlo. Ya no hay respeto por el añejamiento y la digestión. A estos niños se les fueron las tertulias sin haberlas conocido y parece que se les irán también las cabras. Dios no ha muerto niñatos, y están demasiado miopes para darse cuenta. De hecho, tengo la seguridad de que revisando mi propia vida podríamos darnos cuenta de ello, es más, revisando cada una de las incontables vidas humanas que han existido podemos darnos cuenta de ello: Dios no ha muerto.

Mira alrededor, mira el cielo, mira la tierra, mira el mundo y la belleza del universo en el que vivimos, el verde, los cuervos, las migas, los libros. Todo y nada es sagrado, según como lo veas, y con tanta gracia en potencia y manifiesta como puedes dudar que dios no ha muerto. Míralo de este modo, podrías mirar la belleza humana hasta el asco, y nunca dejarías de encontrar algo hermoso, en sus cuerpos, en sus creaciones o en sus verbos. Siempre hay algo más en lo que detenerse, algo a lo que buscarle significado. ¡Pero no lo toques! ¡No lo rompas! Pues es o será sagrado. A veces me pregunto cómo los ilusos no viven como aquellos que no comprenden que dios no ha muerto. Llenos y sobrepasados por la fascinación y el embelesamiento por un mundo que no entienden. Cómo no les rechina en la piel como escalofrío involuntario cruzarse de vez en cuando con sus propias fantasías que modifican el mundo cada vez pasan por detrás de sus ojos.

Es esa fascinación después de todo la que nos dice, la que nos asegura que Dios no ha muerto. Ella nos lleva más lejos de los que nuestros propios ojos nos regalan día a día. Nos ruega casi, que ampliemos nuestros sentidos y busquemos más allá de nuestra limitada visión. “El más allá” no es más que eso, el mundo detrás del mundo. El mundo que nos intriga y funciona, que dictamina, mantiene y hace cumplir sus reglas, y que nos regala armonía, no importa quién o qué seas, todos los hombres son creados iguales, y también las piedras, las ranas y los soles. Todos estamos sometidos y liberados para accionar y reaccionar continuamente mientras existamos, consientes o no, tenemos un periodo y lo cumpliremos según leyes que probablemente no hemos entendido aún, las misteriosas maneras que claman por ser resueltas.

Dios no ha muerto, y nunca lo hará. Específicamente, porque algo que no existe, algo que no está vivo, no puede morir.

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