¿Conoces el amor? Esto no lo era.
Amor; he decidido, es una palabra demasiado ambigua, demasiado grande.
¿Quién conoce al amor? ¿Al amor de niños? ¿Al del primer beso? ¿Al que se queda atrás conforme crecemos y construimos nuestra propia fantasía poblada de fantasmas y quimeras? Amor es la única palabra en el diccionario la cual su significa está permitido cambiar cada que te viene en gana.
Amor o no, hay maravillas que no pueden ignorarse al describir el nuestro: las tardes en las que nos desnudábamos el uno al otro por ejemplo. En el auto, en la regadera, en su habitación. El lugar no importaba. Solíamos mirarnos con una exacta complicidad por horas. La falta de adjetivos para describir su mirada es mi única prueba que queda para justificar mi cuello erizado y mi imaginación turbia.
Nadie jamás sospechó de nosotros. Éramos un secreto, a veces incluso para nosotros mismos. En sí, sabíamos absolutamente todo el uno sobre el otro. Un libro abierto. Un espejo cada vez que hacíamos el amor y alcanzábamos el éxtasis al mismo tiempo. Un mismo cuerpo cuando nos abrazábamos empapados en sudor. Cuando resistíamos las ansias por vestirnos rápidamente y salir de ahí con una expresión de inocencia, que bien podía ser un insulto a nuestra soledad.
Ella sabía todo de mí: Que conocí el amor joven. Que me enamoré de él y que antes de eliminar mi inocencia, dejé de créele. Miento.
Sabe que miro con extrañeza la vida, que miro con saña a quien me sirve el café, que miro de arriba a abajo inquisitivo a quien me desea un buen día; buscando negras intenciones que suelo no encontrar.
Sabe que fui un lector empedernido. Que devoré libros desde los 10 años, y que cada uno de ellos tenía indicativos pintarrajeados en sus páginas de pequeños pedazos de sabiduría. Que absorbí páginas y personajes hasta que “El Principito” dejó de hacerme llorar y me decidí que me había quedado sin sentimientos. Falso.
Sabe que suelo no dormir, más por gusto que por insomnio. Que odio levantarme tarde en las mañanas o muy temprano en las tardes. Que miro el atardecer con la mirada perdida y, que mientras lo hago, escucho como hablan de mí las chicas con las que nunca hablaré. Hasta que ellas vuelven a sus vidas simples y yo a mi ocaso, mientras condeno mi bebida a no ser tocada.
Finalmente, sabe que amo mentirme, que coqueteo con el engaño que se posa a cada minuto sobre mí.
Yo jamás supe nada de ella.
Lo averigüé todo en una noche: Desde el desinteresado atardecer violeta; en donde sin pronunciar palabra se sentó a mi lado. Hasta la noche negra en la que mientras le hacia el amor, ella miraba mis ojos buscando a alguien más; y yo, miraba los suyos esperando encontrar a alguien.
Jamás había hablado con una mujer después de tener sexo. Era y soy fiel partidario de que en el momento en que te preguntas “¿Debo quedarme abrazándola toda la noche? Es hora de salir de ahí.
Violando mi sagrado credo, esa noche cada quien tomó su lado de la cama, un trozo de sábana deliciosamente fresca y, mientras ella miraba la ventana desprovista de cortinas comenzó a hablar: -¿Sabes…? Nunca he hablado con un hombre después de tener sexo… -
Así supe que jamás conoció a su madre. Y que a su padre lo adoraba por sobre todas las cosas. Que jamás amó a nadie más que a aquel hombre que le dio su vida, hasta que su viejo corazón dejó de latir años atrás mientras miraba el ocaso. Que para ella el amor sexual nació un día con un chico callado del barrio, duró años, y murió en la mentira, en el excelso actuar de un hombre falso y con ojos de ladrón.
Supe que ese día quemó el vestido blanco que su madre ausente usó una vez, el mismo que dejó como huella y recuerdo de que alguna vez, su padre había amado algo más que solo un recuerdo sin rostro.
Supe qué su más grande sueño en la vida era el de mirar un atardecer y sonreír.
Pasamos sobre las semanas y los meses, impunes por encima del rigor de los restaurantes, del café y del cine. Nos veíamos a escondidas de nadie. Llegábamos a un lugar con algún extraño y nos íbamos juntos como amantes. Recorríamos las calles como buscando un sueño en cada esquina. Caminábamos sin tomarnos de la mano, a veces sin mirarnos siquiera, nos bastaba saber que uno estaba cerca del otro.
Cuando nos cruzábamos sin planearlo era como un juego. Buscábamos con la mirada los ojos ajenos, éramos cómplices del momento, vivíamos en un secreto que solo nosotros comprendíamos.
Nunca hubo engaños entre nosotros, ni siquiera sin palabras.
Coqueteábamos de vez en vez con la autodestrucción. Perdidos en los callejones sin salida que la vida nos iba proveyendo amablemente, golpeábamos los ladrillos del fondo con impotencia y, una vez exhaustos, nos abandonábamos en un rincón. Siempre con la extraña certeza de que el otro llegaría para sacarnos de la oscuridad e intercambiar los papeles.
El olor a lluvia fue siempre nuestro olor particular; en una ciudad donde la lluvia es casi tan abundante como el amor verdadero, una o dos veces por temporada bebíamos agua del cielo y alcohol de una botella en algún jardín. Tomábamos prestado un trozo de tarde y furtivamente nos dábamos permiso de soñar. Soñábamos mientras el agua nos lavaba la vida. Nos dejábamos por un momento de la búsqueda de un ¿Por qué?
Vivíamos una vida que parecía ajena. Buscábamos peros intrascendentes para todo aquello que lo era. Yo buscaba sentidos, patrones, razones. La verdad detrás de la verdad. Ella buscaba su propia historia.
Sabía yo; que muy en el fondo, ella me veía como un capitulo. Uno bastante largo. Una habitación de la que no quería salir, pero el instinto la incitaba a tomar sus cosas para huir.
Así se nos iba la vida. Tarde, en las noches después de fingir que nos amábamos lo comprendíamos. Sabíamos que se nos agotaba deliciosamente el tiempo, la juventud y el corazón. Nuestra filosofía estaba escrita en lágrimas, el idioma era el de lo hermoso y simple, brillaba como la luna y olía a sexo…
Nuestro amor era enfermizo. Aunque a eso no puede llamársele amor. Aunque fuera hermoso por un momento bebernos el uno al otro hasta secarnos.
Aunque mirásemos el mismo atardecer, mientras yo buscaba un sentido que no existe y ella una sonrisa que no es la mía.