sábado, 7 de febrero de 2015

Espadas y Estrellas

“­­¿Por qué entonces, tenía que ser una espada?”

“Costumbre” respondió sin darle importancia.

La habitación poco a poco oscurecía y se sumía en esa luz difícil de escrutar típica del atardecer.

“Las espadas, Martín, son armas muy afines al ser humano.” Miro al techo, como si recordara. “Lanzas, arcos, escudos. Antes de que la pólvora tomara  el arte de la guerra por sorpresa y lo convirtiera en un juego aún más cobarde. La creatividad del ser humano para armar una carnicería estaba muy limitada a su propia forma, a donde podían llegar con seguridad. Quizá por ello una extensión al propio brazo parecía y sigue pareciendo, como el arma más natural y atractiva. Habrá quien guste de las flechas, o de bailar con una lanza o pica, incluso aplastar cosas con un martillo, pero hay algo en una hoja fina que siempre la hace parecer el arma adecuada.”

“Uh” miró había abajo pensativo “Entonces una espada, una especial, pero una espada a fin de cuentas”

“Así es chico, una espada a fin de cuentas: metal, filo y punta. Tan frío como eso.”
“¿Qué? ¿Eso es todo?” soltó el extendiendo los brazos con incredulidad.

“¿Qué esperabas?” Lo miró casi jugueteando con el “¿Princesas? ¿Magia? ¿Demonios? No chico, estás creciendo, tu madre preferiría que leyeras cualquier cosa antes que una de mis historias antes de dormir. ¿No te dio ayer un libro sobre estrellas?”

“Es aburrido” Se quejó “Tiene 3 fotografías y todo lo demás son explicaciones aburridas.”

“Oh vamos, las estrellas pueden ser todo menos aburridas” Le respondió con exagerada indignación.

“¿Qué tienen de interesantes? Son solo gas quemándose. Lo vi ayer en televisión: son gas quemándose y están muy muy lejos” Explicó mientras hacía la forma de una pelota con sus manos.

“Si, lo son. Son gas quemándose pero, ¿sabías que una estrella puede morir?” Le preguntó alzando una ceja. Había estado oyendo el programa, y sabía que el chico mentía. El programa no estaba en televisión, lo había visto en la tableta que él le quitó del pecho cuando se quedó dormido con ella sobre la cara. Sabía que se había quedado dormido antes de esa parte.

“Eso es imposible, el Sol es eterno, no cambia, es más según el programa tiene miles de años…”

“Millones” Lo interrumpió levantando un dedo para puntualizar “Millones”

“Eso, no importa, algo tan viejo ya no puede morir” Lo decía realmente convencido.

“Puede Martín, puede y debe morir. El universo no ha hecho; hasta donde sabemos, una sola cosa de todo, y todo lo que inicia, tiene un final, incluso el mismo universo, aunque no alcancemos a verlo.” De nuevo miraba al techo como si este no existiera. “Pero si, las estrellas mueren. ¿Qué crees que pasa con ellas cuando finalmente sucede?”

“Ellas... ¿Desaparecen? No, se convierten en planetas, eso deben ser los planetas, cadáveres de estrellas.”

El hombre parecía conmovido. Los niños siempre parecían tan buenos para hacer ese tipo de conjeturas “No, los planetas no son cadáveres de estrellas.”

“Pero… ¿Entonces cómo…? Me estás cuenteando, siempre que algo se muere queda su cuerpo, las estrellas aunque sean gas deben dejar algo”

El hombre sonrió y lo besó en la frente. Le gustaba cuando el chico llegaba a ese estado, en donde no podía creer algo y se veía forzado a desafiar lo que creía. “Así es, deben” Y amagó con levantarse de la cama. Tenía la pierna algo dormida por la posición, pero podría hacer su dramática salida antes de cojear.

“No, no te vayas, prometiste contarme una historia, siempre que te pregunto algo hablamos de eso y no hay historia, solo más preguntas.” El reclamo era real.

“Es tarde, tu madre va a matarme si vuelves a llegar tarde a la escuela por quedarte dormido.”

“Pero…” El chico iba a protestar. No se rendiría sin dar algo de pelea.

“Nada, empezaremos esto más temprano otro día” Le besó la frente de nuevo, le sacudió un poco el cabello y se encaminó a la puerta. “Y nada de buscar las respuestas en Internet a estas horas. Las estrellas pueden esperar”. -Para siempre- se dijo así mismo y apagó la luz. “Buenas noches”